Historias Cristianas

La búsqueda de la verdad lleva a Cristo,

explica el Papa Benedicto XVI

Al presentar la figura de san Agustín

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 9 enero 2008

La búsqueda de la verdad lleva a Cristo, constató Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles en la que presentó la figura de san Agustín de Hipona (354-430).

La intervención, dedicada al teólogo a quien consagró su tesis doctoral Joseph Ratzinger, revivió la biografía del «padre más grande de la Iglesia latina».

«Podría afirmarse», constató el Papa, «que todos los caminos de la literatura cristiana latina llevan a Hipona», reconociendo que «pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan grande, capaz de acoger los valores y de exaltar su intrínseca riqueza, inventando ideas y formas de las que se alimentarían las generaciones posteriores».

El pontífice repasó su biografía dejándose guiar por el libro de las «Confesiones», que «constituyen precisamente por su atención a lainterioridad y a la psicología un modelo único en la literatura occidental, y no sólo occidental, incluida la no religiosa».

«Esta atención por la vida espiritual, por el misterio del yo, por el misterio deDios que se esconde en el yo, es algo extraordinario, sin precedentes, y permanece para siempre como una “cumbre” espiritual», aclaró.

La catequesis repasó los personajes que marcaron la vida de Agustín, sumadre Mónica, su turbulenta juventud, la mujer con la que mantuvo una relación sentimental y que le dio un hijo, Adeodato, a quien amó profundamente y que falleció siendo muy joven.

«Siempre quedó fascinado por la figura de Jesucristo; es más, dice que siempre amó a Jesús, pero que se alejó cada vez más de la fe eclesial, de la práctica eclesial, como les sucede también hoy a muchos jóvenes», recordó el sucesor de Pedro.

Buscando la verdad descubrió a Cristo, pero decidió seguirle primero en la red de los maniqueos, «que se presentaban como cristianos y prometían una religión totalmente racional».

San Agustín y Santa Mónica

«Afirmaban que el mundo está dividido en dos principios: el bien y el mal. Y así se explicaría toda la complejidad de la historia humana», aclaró. «Y sacó una ventaja concreta para su vida: la adhesión a los maniqueos abría fáciles perspectivas de carrera. Adherir a esa religión, que contaba con muchas personalidades influyentes, le permitía seguir su relación con una mujer y continuar con su carrera».

«Con el pasar del tiempo, sin embargo, Agustín comenzó a alejarse de la fe de los maniqueos, que le decepcionaron precisamente desde el punto de vista intelectual, pues eran incapaces de resolver sus dudas, y se transfirió a Roma, y después a Milán».

Allí conoció al obispo de esa ciudad, san Ambrosio, quien le hizo descubrir con sus predicaciones «que todo el Antiguo Testamento es un camino hacia Jesucristo».

«De este modo, encontró la clave para comprender la belleza, la profundidad incluso filosófica del Antiguo Testamento y comprendió toda la unidad del misterio de Cristo en la historia, así como la síntesis entre filosofía, racionalidad y fe en el Logos, en Cristo, Verbo eterno, que se hizo carne».

«Pronto, Agustín se dio cuenta de que la literatura alegórica de la Escritura y la filosofía neoplatónica del obispo de Milán le permitían resolver las dificultades intelectuales que, cuando era más joven, en su primer contacto con los textos bíblicos, le habían parecido insuperables», explicó el Papa.

Tras convertirse al cristianismo, fundó con sus amigos en Hipona, hoy Argelia, una comunidad monástica. Tras ser ordenado sacerdote, «quería estar sólo al servicio de la verdad, no se sentía llamado a la vida pastoral, pero después comprendió que la llamada de Dios significaba ser pastor entre los demás y así ofrecer el don de la verdad a los demás». En el año 395, fue consagrado obispo de Hipona.

«Predicaba varias veces a la semana a sus fieles, ayudaba a los pobres y a los huérfanos, atendía a la formación del clero y a la organización de los monasterios femeninos y masculinos», explicó, describiendo su acción pastoral.

«Ejerció una amplia influencia en la guía de la Iglesia católica del África romana y más en general en el cristianismo de su época, afrontando tendencias religiosas y herejías tenaces y disgregadoras, como el maniqueísmo, el donatismo, y el pelagianismo, que ponían en peligro la fe cristiana en el único Dios y rico en misericordia», evocó.

La narración de su muerte, antes de cumplir los 76 años, estuvo impregnada de la delicadeza del discípulo. 

«Pidió que le transcribieran con letra grande los salmos penitenciales», recordó Benedicto XVI citando la biografía que de Agustín escribió un amigo, Posidio, «y dio órdenes para que colgaran las hojas contra la pared, de manera que desde la cama en su enfermedad los podía ver y leer, y lloraba sin interrupción lágrimas calientes».

El Papa anunció que dedicará sus próximas audiencias a este santo, «a sus obras, a su mensaje y a su experiencia interior».

Comentarios al libro

“EL BUEN LADRÓN: MISTERIO DE MISERICORDIA”

de ANDRÉ DAIGNEAULT.

PRIMEROS CRISTIANOS.COM

Algunos comentarios de Antonio Moreno al libro de André Daigneault sobre el Buen Ladrón. El Buen Ladrón, conocido como San Dimas, fue el primer santo de la historia de la Iglesia. Crucificado a la derecha de Jesucristo, le reconoció como Hijo de Dios. Sus palabras fueron “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”, y obtuvo de Cristo la promesa que no hizo a nadie más: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

El buen ladrón entendió en la cruz que tenía dos deudas con Jesucristo. Una infinita, la vida, que no hubiera podido devolver nunca y otra finita, todo lo que había robado. Su gran acierto fue entender cuál de las dos era más importante, la primera. Se dio cuenta de que ni con toda una vida por delante podría devolverle a Cristo la deuda de haberle creado y que, a su lado, era poco lo que había robado. Supo entonces que haber desaprovechado sus talentos no era el fin, ni mucho menos. Si Cristo le había dado algo tan grande -la vida- gratuitamente, le podía perdonar gratuitamente.

A lo largo de sus casi 300 páginas, el lector de “El buen ladrón: Misterio de Misericordia” (André Daigneault) se encontrará con relatos esclarecedores sobre el buen ladrón, uno de los “tapados” del Nuevo Testamento. Los comentarios siempre acertados y sugerentes de los Padres de la Iglesia y de Benedicto XVI, Juan Pablo II, Suárez, Mendizábal, Tettamanzi y muchos otros nos muestran bien a las claras quién era el buen ladrón y porqué Cristo vuelca su corazón sobre él. Comprendió, creyó, confió, se humilló, amó, se santificó, evangelizó. Una secuencia clave para todos los cristianos que el buen ladrón experimentó y desarrolló en pocos instantes, junto a la Cruz del Señor. En tal situación y junto a Cristo, recibió una gracia fulgurante que aprovechó y le otorgó el pasaporte al paraíso.

Cristo pasó a su lado, y el buen ladrón no desaprovechó su oportunidad. Pillería humana sí, pero también sabiduría enraizada en el corazón divino. ¿Por qué no pedir a Cristo mi salvación con ese descaro? Descaro del que podemos aprender los cristianos en nuestra oración de petición. San Josemaría Escrivá no cesaba de pedir oraciones en sus andanzas apostólicas. Asimismo, quizás la frase más repetida del Papa Francisco -tanto a través de los medios como en mensajes a las personas que ve- sea “Recen por mí“. Descaro para pedir por el bien, para hacer el bien, y sí: vergüenza para hacer el mal. Vergüenza que el buen ladrón demuestra humillado con sinceridad y arrepentimiento de corazón.

Conmueve el perdón gratuito de Dios, que trasciende todo cálculo humano en torno al delito cometido. Sólo mira al giro del corazón humano reconociendo nuestras miserias. Los apegados a sí mismo perciben este giro como algo muy costoso en sus vidas, al contrario que los desproblematizados, que lo perciben como menos costoso. En cualquier caso, el caso del buen ladrón nos muestra que la sanación y la gracia viene de Dios: da igual cómo sea uno y lo que haya hecho. En definitiva, una receta frente al voluntarismo espiritual de nuestros días a través de la experiencia del primer santo canonizado.

Cuando uno se adentra en el corazón misericordioso del Señor, se enamora de él y se humilla ante Él. Esto lo experimentaron tanto el buen ladrón como el hijo pródigo. Una lectura superficial podría entonces cuestionar la relevancia de la virtud y el luchar por hacer las cosas bien. Después de todo, sólo sería suficiente con arrepentirse al cabo del tiempo y volverle a dar cuerda al reloj, hasta la próxima. Qué poco de amor entienden éstos, quizás como el hermano mayor del hijo pródigo… Además, ni el amor es estrictamente una cuestión de justicia, ni es suficiente una aplicación mecánica del “amor con amor se paga”. Es, sin embargo, nuestra conversión constante encendida por el amor desbordante del Señor por nosotros la que ha de guiar nuestros días. Seremos entonces amor de Dios y divina voluntad.

Antonio Moreno
Profesor de Economía, Universidad de Navarra
Doctor en Economía, Columbia University